
Una guía de lugares con encanto
El nombre que lo dice todo
Café Fika está en la calle Pozo Blanco, número 12, en el corazón de Pamplona.
Detrás del mostrador, Débora Blanco García, gerente y alma del local, cuenta que el nombre nació de un hallazgo casi casual.
Un día, comprando cuentos para su hija en una librería de la ciudad, encontró un libro que reunía palabras, verbos y adverbios propios de cada país, con su significado. Allí apareció la palabra fika: de origen sueco, designa esa costumbre de hacer una pausa durante el día para compartir un rato con alguien y disfrutarlo.
“Cuando venga la gente a mi cafetería quiero que sientan esto", dijo.

Y así se llamó Fika. No es raro que entren clientes suecos y pregunten, sonriendo: "¿Es por la costumbre del fika?”.
"Hay un montón de Fika por el mundo, pero como este no hay”.
De un sueño a una cafetería
Hace unos quince años, Débora recibió la oportunidad de hacer una formación de barista en Barcelona. Fue un flechazo: se enamoró del mundo del café de especialidad y empezó a formarse por su cuenta, con otros baristas y formadores. Cuando abrió, Pamplona apenas tenía una cafetería de café de especialidad; Fika fue la segunda.
“Lo recuerdo muy bonito el comienzo. El esfuerzo, lo duro que fue emprender y lo bonito también. Cuando me metí en el mundo del café de especialidad, pues ya decidí que tenía que ser en torno a esto, al mundo del café de especialidad. Era un sueño hecho realidad”.
Dos casas, una misma alma
Fika empezó hace ocho años, pero no donde está ahora: el primer local era más pequeño, con el ladrillo visto, más acogedor. Sin embargo, la pandemia lo cambió todo, incluso llegaron a pensar en echar el cierre.
Fueron al banco, pidieron un préstamo y les ofrecieron el local actual en alquiler con derecho a compra.
"Tuvimos la buena o la mala suerte de que nos dieron el crédito", dijo.
Despues, comenzó una nueva etapa: una obra que se alargó cerca de un año, con los plazos, los tiempos y la presión que conlleva cuando todo depende de ti. Al final, abrieron: más grandes, muy contentos. En febrero, esa nueva casa de Fika cumplió cinco años.
Ladrillo, madera y calidez
"Son cosas atemporales, no pasan de moda”.
Al decorar, tenían claro que querían aprovechar lo que el local ofrecía: la piedra antigua, el ladrillo, la madera. Buscaron un estilo industrial, pero muy cálido, y fueron colocando en los rincones recuerdos de lugares que les habían gustado en los viajes.
El rincón favorito de Débora son unas butacas donde suele tomarse un café, con una luz muy bonita, en calma. Aquí hacen exposiciones y también traen artistas locales hace que el espacio sea más personal y más cálido.


Café, dulces y producto de aquí
Aquí el café es de especialidad, y la repostería es artesanal, elaborada con pequeños productores. El 85% de la carta puede adaptarse a personas celíacas, hay opciones veganas, y todo es producto artesano de Pamplona y de Navarra. Aunque sea una cafetería, tienen una puerta gastronómica bastante rica, para quienes quieren quedarse a comer algo más que un café.
Las tacitas y la vajilla son todas distintas, de cerámica con un toque industrial, muy "cuqui", como le gusta decir Débora. Hicieron incluso vajilla propia, hasta que la gente se la llevaba de recuerdo y el coste se disparó.
Los cajones de las notas
Poco después de abrir el nuevo local, se dieron cuenta de que la gente empezaba a dejar pequeñas notas en las mesas. Decidieron respetarlas, y la costumbre creció de un modo maravilloso: cada 31 de diciembre retiran las notas de ese año y comienzan el siguiente, dejando alguna para que la gente siga. cuenta Débora. Hay notas de amor, hay notas de amistad, hay notas con las que te emociona. normalmente la gente suele dejar la emoción y el pensamiento de ese momento. Por ejemplo, una despedida con una frase y una fecha de gente que ha venido a estudiar a Pamplona.
"Tú vienes aquí un día, igual no has tenido un buen día, ¿no? Y vienes y empiezas a leer las notas y dices, ¡ostras! Y sales completamente transformado".
Esa es, quizá, la verdadera alma de Fika: dejar una impronta de la propia estancia.

Para las hijas de Débora, Lucía y Julia, Fika es un lugar mágico. Hay dos puertas escondidas en el local, una de hadas y otra de duendes, en homenaje a cada una de ellas. Los niños vienen y se ponen a buscarlas.
Y ese es, en el fondo, el espíritu de todo el lugar: un sitio donde detenerse, buscar un rato de magia, y compartirlo con alguien.



